La selva de los relojes

Entré en la selva
de los relojes.

Frondas de tic-tac,
racimos de campanas
y bajo la hora múltiple,
constelaciones de péndulos.

Los lirios negros
de las horas muertas,
los lirios negros
de las horas niñas.
¡Todo igual!
¿Y el oro del amor?

Hay una hora tan sólo.
¡Una hora tan sólo!
¡La hora fría!

Maleza

Me interné
por la hora mortal.
Hora de agonizante
y de últimos besos.
Grave hora en que sueñan
las campanas cautivas.

Relojes de cuco,
sin cuco.
Estrella mohosa
y enormes mariposas
pálidas.

Entre el boscaje
de suspiros
el aristón
sonaba
que tenía cuando niño.

¡Por aquí has de pasar,
corazón!
¡Por aquí,
corazón!

Vista general

Toda la selva turbia
es una inmensa araña
que teje una red sonora
a la esperanza.
¡A la pobre virgen blanca
que se cría con suspiros y miradas!

Él

[La verdadera esfinge
es el reloj.
Edipo nacerá de una pupila.
Limita al Norte
con el espejo
y al Sur
con el gato.
Doña Luna es una Venus.
(Esfera sin sabor.)
Los relojes nos traen
los inviernos.
(Golondrinas hieráticas
emigran el verano.)
La madrugada tiene
un pleamar de relojes
donde se ahoga el sueño.
Los murciélagos nacen
de las esferas
y el becerro los estudia
preocupado.
¿Cuándo será el crepúsculo
de todos los relojes?
¿Cuándo esas lunas blancas
se hundirán por los montes?

Eco del reloj

Me senté
en un claro del tiempo.
Era un remanso de silencio,
de un blanco
silencio.

Anillo formidable
donde los luceros
chocaban con los doce flotantes
números negros.

Meditación primera y última

El Tiempo
tiene color de noche.
De una noche quieta.
Sobre lunas enormes,
la Eternidad
está fija en las doce.
Y el Tiempo se ha dormido
para siempre en su torre.
Nos engañan
todos los relojes.
El Tiempo tiene ya
horizontes.

La hora esfinge

En tu jardín se abren
las estrellas malditas.
Nacemos bajo tus cuernos
y morimos.
¡Hora fría!
Pones un techo de piedra
a las mariposas líricas
y, sentada en el azul,
cortas alas
y límites.

[Una… Dos… y Tres]

Una… dos… y tres.
Sonó la hora en la selva.
El silencio
se llenó de burbujas
y un péndulo de oro
llevaba y traía
mi cara por el aire.
¡Sonó la hora en la selva!
Los relojes de bolsillo,
como bandadas de moscas,
iban y venían.

En mi corazón sonaba
el reloj sobredorado
de mi abuelita.

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