Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre

Señoras y señores:

Como el niño que enseña lleno de asombro a su madre vestida de color vivo para la fiesta, así quiero mostraros hoy a mi ciudad natal. A la ciudad de Granada. Para ello tengo que poner ejemplos de música y los tengo que cantar. Esto es difícil porque yo no canto como cantante sino como poeta, mejor, como un mozo simple que va guiando sus bueyes. Tengo poca voz y la garganta delicada. Así pues, nada tiene de extraño que se me escape eso que la gente llama un gallo. Pero si se escapa estoy seguro que no será el gallo corrosivo de los cantantes, que les pica los ojos y destruye su gloria, sino que yo lo convertiré en un pequeño gallito de plata que pondré amorosamente sobre el dulce cuello de la muchacha de Montevideo más melancólica que haya en el salón.

Un granadino ciego de nacimiento y ausente muchos años de la ciudad sabría la estación del año por lo que siente cantar en las calles.
Nosotros no vamos a llevar nuestros ojos en la visita. Vamos a dejarlos sobre un plato de nieve para que no presuma más Santa Lucía.
¿Por qué se ha de emplear siempre la vista y no el olfato o el gusto para estudiar una ciudad? El alfajor y la torta alajú y el mantecado de Laujar dicen tanto de Granada como el alicatado o el arco morisco; y el mazapán de Toledo con su monstruoso ropaje de ciruelas y perlas de anís, inventado por un cocinero de Carlos V, expresa el germanismo del emperador con más agudeza que su roja barbilla. Mientras que una catedral permanece clavada en su época, desmoronando su perfil, eterna sin poder dar un paso al día próximo, una canción salta de pronto de su época a la nuestra, viva y temblorosa como una rana, con su alegría o su melancolía recientes, verificando idéntico prodigio que la semilla que florece al salir de la tumba del Faraón. Así pues, vamos a oír a la ciudad de Granada.
El año tiene cuatro estaciones, a saber, Invierno, Primavera, Verano y Otoño.
Granada tiene dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, mil y un surtidores y cien mil habitantes. Tiene una fábrica de hacer guitarras y bandurrias, una tienda donde venden pianos y acordeones y armónicas y sobre todo tambores. Tiene dos paseos para cantar, el Salón y la Alhambra, y uno para llorar, la Alameda de los Tristes, verdadero vértice de todo el romanticismo europeo, y tiene una legión de pirotécnicos que construyen torres de ruido con un arte gemelo al Patio de los Leones, que han de irritar al agua cuadrada de los estanques.
La Sierra pone fondo de roca o fondo de nieve o fondo de verde sueño sobre los cantos que no pueden volar, que se caen sobre los tejados, que se queman las manecitas en la lumbre o se ahogan en las secas espigas de julio.
Estos cantos son la fisonomía de la ciudad y en ellos vamos a ver su ritmo y su temperatura.
Nos vamos acercando con los oídos y el olfato y la primera sensación que tenemos es un olor a juncia, hierbabuena, a mundo vegetal suavemente aplastado por las patas de mulos y caballos y bueyes que van y vienen en todas direcciones por la vega. En seguida el ritmo del agua. Pero no un agua loca que va donde quiere. Agua con ritmo y no con rumor, agua medida, justa, siguiendo un cauce geométrico y acompasada en una obra de regadío. Agua que riega y canta aquí abajo y agua que sufre y gime llena de diminutos violines blancos allá en el Generalife.
No hay juego de agua en Granada. Eso se queda para Versalles, donde el agua es un espectáculo, donde es abundante como el mar, orgullosa arquitectura mecánica, y no tiene el sentido del canto. El agua de Granada sirve para apagar la sed. Es agua viva que se une al que la bebe o al que la oye, o al que desea morir en ella. Sufre una pasión de surtidores para quedar yacente y definitiva en el estanque. Juan Ramón Jiménez lo ha dicho:

¡Oh, qué desesperación
de traída y de llevada,
qué llegar al rincón último
en repetición sonámbula,
qué darse con la cabeza
en las finales murallas!
Se ha dormido el agua y sueña
que la desenlagrimaban…

Después hay dos valles. Dos ríos. En ellos el agua ya no canta, es un sordo rumor, una niebla mezclada con los chorros de viento que manda la Sierra. El Genil coronado de chopos y el Dauro coronado de lirios.
Pero todo justo, con su proporción humana. Aire y Agua en poca cantidad, lo necesario para los oídos nuestros. Ésta es la distinción y el encanto de Granada. Cosas para dentro de la habitación, patio chico, música chica, agua pequeña, aire para que baile sobre nuestros dedos.
El mar Cantábrico o el viento fuerte que se despeña por las rocas de Ronda asusta al granadino asomado, enmarcado, definido, en su ventana. El aire se amansa y el agua, porque los elementos de la Naturaleza en hervor rompen la tónica de la escala humana y anulan, agotan la personalidad del hombre que no puede dominarlos y pierde su paisaje y su sueño. El granadino ve las cosas con los gemelos al revés. Por eso Granada no dio jamás héroes, por eso Boabdil, el más ilustre granadino de todos los tiempos, la entregó a los castellanos, y por eso se retira en todas las épocas a sus diminutas habitaciones particulares decoradas por la luna.
Granada está hecha para la música porque es una ciudad encerrada, una ciudad entre sierras donde la melodía es devuelta y limitada y retenida por paredes y rocas. La música la tienen las ciudades del interior. Sevilla y Málaga y Cádiz se escapan por sus puertos y Granada no tiene más salida que su alto puerto natural de estrellas. Está recogida, apta para el ritmo y el eco, médula de la música.
Su expresión más alta no es la poética, sino la musical, con una ancha avenida que lleva a la mística. Por eso no tiene como Sevilla, ciudad de Don Juan, ciudad del amor, una expresión dramática, sino lírica, y si Sevilla culmina en Lope y en Tirso y en Beaumarchais y en Zorrilla y en la prosa de Bécquer, Granada culmina en su orquesta de surtidores llenos de pena andaluza y en el vihuelista Narváez y en Falla y Debussy. Y si en Sevilla el elemento humano domina el paisaje y entre cuatro paredes se pasean don Pedro y don Alonso y el duque Octavio de Nápoles y Fígaro y Mañara, en Granada se pasean los fantasmas por sus dos palacios vacíos, y la espuela se convierte en una hormiga lenta que corre por un infinito pavimento de mármol, y la carta de amor en un puñado de hierba y la espada en una mandolina delicada que sólo arañas y ruiseñores se atreven a pulsar.
Hemos llegado a Granada a finales de noviembre. Hay un olor a paja quemada y las hojas en montones comienzan a pudrirse. Llueve y las gentes están en sus casas. Pero en medio de la Puerta Real hay varios puestos de zambombas. La Sierra está cubierta de nubes y tenemos la seguridad de que aquí tiene cabida toda la lírica del norte. Una muchacha de Armilla o de Santa Fe o de Atarfe, sirvienta, compra una zambomba y canta esta canción:

«Los cuatro muleros».

Éste es el ritmo de un villancico que se repite por todos los ámbitos de la vega y que se llevaron los moros de Granada al África, donde todavía en Túnez lo suenan así:

(Música de moros.)

Estos «Cuatro muleros» se cantan al lado del rescoldo de paja de habas en toda la muchedumbre de pueblos que rodean la ciudad, en la corona de pueblos que suben por la Sierra.

Pero avanza diciembre, el cielo se queda limpio, llegan las manadas de pavos y un son de panderetas, chicharras y zambombas se apodera de la ciudad. Por las noches dentro de las casas cerradas se sigue oyendo el mismo ritmo, que sale por las ventanas y las chimeneas como nacido directamente de la tierra. Las voces van subiendo de tono, las calles se llenan de puestos iluminados, de grandes montones de manzanas, las campanas de media noche se unen con los esquilmes que tocan las monjas al nacer el alba, la Alhambra está más oscura que nunca, más lejana que nunca, las gallinas abandonan sus huevos sobre pajas llenas de escarcha. Ya están las monjas Tomasas poniendo a san José un sombrero plano color amarillo y a la Virgen una mantilla con su peineta. Ya están las ovejas de barro y los perritos de lana subiendo por las escaleras hacia el musgo artificial. Comienzan a sonar las carrañacas y entre palillos y tapaderas y rayadores y almireces de cobre cantan el alegrísimo romance pascual de «Los peregrinitos»:

«Romance pascual de los pelegrinitos».

Lo canta la gente en las calles en grupos báquicos, lo cantan los niños con las criadas, lo cantan las rameras borrachas en esos coches con las cortinas corridas, lo cantan los soldados acordándose de sus pueblos, mientras se retratan en las barandillas del Genil.
Es la alegría de la calle y la broma andaluza y la finura entera de un pueblo cultísimo.
Pero nos salimos de las calles y nos vamos al barrio de la judería y lo encontramos desierto. Y aquí oímos este villancinco lleno de una melancolía oculta, antípoda de «Los pelegrinitos».
¿Quién lo canta? Ésta es la voz más pura de Granada, la voz elegíaca, el choque de Oriente con Occidente en dos palacios, rotos y llenos de fantasmas. El de Carlos V y la Alhambra.

Por la calle abajito
[Por la calle abajito
va quien yo quiero.
No le he visto la cara
con el sombrero.

Malhaya sea el sombrero
que tanto tapa.
Yo le compraré uno
mpara la Pascua.]

El último villancico se escapa y la ciudad queda dormida en los hielos de enero.
Para febrero, como el sol luce y orea, sale la gente al sol y hacen meriendas y mecedores colgados de los olivos donde se oye el mismo uyuí de las montañas del norte.
La gente canta en los alrededores de Granada con el agua oculta bajo un leve témpano de hielo. Los niños crecidos se tienden para ver las piernas a las que están en el columpio, los mayores de reojo. El aire es todavía frío.
Ahora las calles de los arrabales están tranquilas. Algunos perros, aire de olivar, y de pronto, ¡plas!, un cubo de agua sucia que arrojan de una puerta. Pero los olivares están llenos.

La niña se está meciendo
[La niña se está meciendo,
su amante la está mirando
y le dice: Niña mía,
la soga se está quebrando.

La soga se quiebra,
¿dónde irá a parar?
A los callejones
de San Nicolás.]

Algunas de estas canciones tienen una pureza de cantarcillo del siglo XV:

A los olivaritos
voy por las tardes
a ver cómo menea
la hoja el aire,
la hoja el aire,
a ver cómo menea
la hoja el aire,

que equivale a aquella maravillosa de 1560, con melodía de Juan Vásquez, que dice:

De los álamos vengo, madre,
de ver cómo los menea el aire.

De los álamos de Sevilla
de ver a mi dulce amiga.

De los álamos de Granada
de ver a mi bien amada.

De ver cómo los menea el aire
de los álamos vengo, madre.

La más pura supervivencia clásica anima estos cantos de olivar.
No es esto raro en España, donde todavía se cantan en toda su pureza las cosas de Juan del Encina, de Salinas, de Fuenllana y Pisador, y surgen de pronto vivas en Galicia o en Ávila.
Al anochecer vuelve la gente de los olivares y en muchos sitios sigue la reunión bajo techado.
Pero al llegar la primavera y asomar las puntas verdes de los árboles, comienzan a abrirse los balcones y el paisaje se transforma de un modo insospechado. Hemos llegado de la nieve para caer en el laurel y en todos los perfiles del sur.
Ya las niñas comienzan a estar en la calle, y en mi infancia un poeta vulgar a quien llamaban Miracielos salía a sentarse en un banco de los jardines. Las barricas traen el vino nuevo de la costa y la ciudad entre dos luces canta esta canción anunciadora de los Toros, canción de forma pura, como el aire del último día de marzo:

«En el Café de Chinitas».

¿Por qué pasa? Dos comadres se encuentran a la salida del Humilladero, por donde entraron los Reyes Católicos:

Comadre, ¿de dónde vienes?
Comadre, vengo de Granada.
Comadre, ¿qué pasa allí?
Comadre, no pasa nada,
están haciendo cestillos
y repicando las campanas.

De mayo a junio, Granada es un campaneo incesante. Los estudiantes no pueden estudiar. En la plaza de Bibarrambla las campanas de la catedral, campanas submarinas con algas y nubes, no dejan hablar a los campesinos. Las campanas de San Juan de Dios lanzan por el aire un retablo barroco de lamentos y golpetazos de bronce, y sin embargo la Alhambra está más sola que nunca, más vacía que nunca, despellejada, muerta, ajena a la ciudad, más lejana que nunca. Pero en las calles hay carritos con helados y puestos de pan de aceite con pasas y ajonjolí y hombres que venden barretas de miel con garbanzos.

Asoman los gigantes y el dragón de la Tarasca y los enanitos del Corpus. De pronto las granadinas, con sus hermosos brazos desnudos y sus vientres como magnolias oscuras, abren en la calle quitasoles verdes, naranja, azules, entre el frenesí de las iluminaciones y de los violines y de los coches enjaezados, en un carrousel de amor, de galantería, de nostalgia en el castillo de irás y no volverás de los fuegos artificiales.

Por el lado de la vega una nube de pitos de feria; por el lado de la calle de Elvira, de la viejísima
Calle de Elvira,
donde viven las manolas,
las que suben a la Alhambra
las tres y las cuatro solas,

esta canción expresiva de la ciudad:

«Las tres hojas».

En el último fuego de artificio que se dispara en Granada se oye lo que se llama trueno gordo y toda la gente, en un día, se marcha al campo y dejan a la ciudad entregada al estío, que llega en una hora. Las señoras cubren las butacas con blancas fundas y cierran los balcones. La gente que no se va vive en los patios y en las salas bajas meciéndose en sus mecedoras y bebiendo agua fresca en el rojo mojado de los búcaros. Se empieza a pensar de noche y se empieza a vivir de noche. Es la época en que la ciudad canta acompañada de guitarras los fandangos o granadinas tan peculiares y con tanta hondura de paisaje.
Todo el romancero se vuelca en bocas de los niños. Las más bellas baladas no superadas por ningún poeta del romanticismo, las más sangrientas leyendas, los juegos de palabras más insospechados. Aquí los ejemplos son inagotables. Vamos a escoger uno que cantan los niños de algunos pueblos y las niñas de la Plaza Larga del Albaicín.
En la noche de agosto no hay quien no se deje prender por esta melodía tierna del romance del duque de Alba,

Duque de Alba
[–Se oyen voces, se oyen voces,
se oyen voces en Sevilla

que el duque de Alba se casa
con otra y a ti te olvida.
—Si se casa, que se case,
¿a mí qué se me daría?
—Mira si te importa, hermana,
que tu honra está perdida.
Se subió a una habitación
donde bordaba y cosía;
se ha asomado a una ventana
que por la plaza caía;
le ha visto venir al Duque
con otra en su compañía;
le hizo una contraseña
por ver si se la cogía.
—¿Qué me querrá Ana, Ana,
qué me querrá Ana María?
—Duque de Alba, duque de Alba,
duque de Alba de mi vida,
que me han dicho que te casas
con dama de gran valía.
—¿Quién te ha dicho la verdad,
que no te ha dicho mentira?
Mañana será mi boda,
a convidarte venía.

Al oír estas palabras,
muerta en el suelo caía.
Médicos y cirujanos
todos corren a porfía.
Trataron de abrirle el pecho
para ver de qué moría.
A un lado del corazón
dos letras de oro tenía;
en la una decía «Duque»
y en la otra «de mi vida».
—Si yo lo hubiera sabido,
que tú tanto me querías,
no te hubiera yo olvidado,
paloma del alma mía.]

Tenemos que ir todos de puntillas por este camino de tierra roja, bordeado de chumberas, a una reunión agrupada en un recodo del monte.
Bailan y cantan. Se acompañan con guitarra, castañuelas, y tocan además instrumentos pastoriles, panderos y triángulos.
Son las gentes que cantan las roas y las alboreás y las cachuchas y este zorongo que tanto ha influido en la música de Falla.

(Se toca.)

Por los fondos amarillos y por los montes viene el día y con su luz las canciones de siega y de trilla, pero este medio rural no penetra en Granada.
Septiembre, el que no tenga ropa que tiemble.
Vamos llegando al último radio de la rueda.

La rueda, que gire la rueda.
El Otoño asoma por las alamedas.

Y asoman las ferias. Las ferias con nueces, con azufaifas, con rojas acerolas, con muchedumbre de membrillos, con torres de jalluyos y panes de azúcar de la panadería del Corzo.
San Miguel en su cerro blande una espada rodeado de girasoles.
¿Recordáis mi romancero?

San Miguel lleno de encajes
en la alcoba de su torre,
enseña sus bellos muslos
ceñidos por los faroles.
Arcángel domesticado
en el gesto de las doce
finge una cólera dulce
de plumas y ruiseñores.
San Miguel canta en los vidrios,
Efebo de tres mil noches fragante de agua colonia
y lejano de las flores.
[…]
San Miguel se estaba quieto
en la alcoba de su torre,
con las enaguas cuajadas
de espejitos y entredoses. San Miguel, rey de los globos
y de los números nones,
en el primor berberisco
de gritos y miradores.

Primor berberisco de gritos y miradores es la Granada vista desde el Cerro del Aceituno. Es un canto confuso lo que se oye. Es todo el canto de Granada a la vez: ríos, voces, cuerdas, frondas, procesiones, mar de frutas y tatachín de columpios.
Pero acabada la alegría de San Miguel, el Otoño con ruido de agua viene tocando en todas las puertas.

Tan, tan.
¿Quién es?
El Otoño otra vez.
¿Qué quiere de mí?
El frescor de tu sien.
No te lo quiero dar.
Yo te lo quitaré.
Tan, tan.
¿Quién es?
El Otoño otra vez.

Las eras se llenan de hierbas con la primera lluvia. Como hay cierto fresquillo la gente no va a los jardines y Miracielos está sentado en su mesa de camilla. Pero los crepúsculos llenan todo el cielo; anulan el paisaje las enormes nubes y las luces más raras patinan sobre los tejados o duermen en la torre de la catedral. Otra vez oímos la voz de la verdadera melancolía:

Por aquella ventana
que cae al río
échame tu pañuelo
que vengo herido.
Por aquella ventana
que cae al huerto
échame tu pañuelo
que vengo muerto.

Por aquella ventana
que cae al agua
échame tu pañuelo,
se me va el alma.

Ocurre que los niños no quieren ir a la escuela porque juegan al trompo.
Ocurre que en las salas empiezan a encender lamparillas para los finados.
Ocurre que estamos en noviembre.
Hay un olor a paja quemada y las hojas en montones, ¿recordáis?, comienzan a pudrirse. Llueve y las gentes están en sus casas.
Pero en medio de la Puerta Real hay ya varios puestos de zambombas.
Una muchacha de Armilla o de Santa Fe o de Atarfe, con un año más, quizá vestida de luto, canta para los niños de sus señores:

De los cuatro muleros
que van al agua
el de la mula torda
me roba el alma.

De los cuatro muleros
que van al río
el de la mula torda
es mi marío

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